Una aventura con el pibon de la oficina

Ella era muy discreta. No tenía pinta de aventuras. Casi nunca hablaba, en la oficina. Y yo y todos estábamos pendientes de lo que hacía o para donde miraba. Cuando se ponía de pie o hablaba por teléfono. Coincidir con ella en el ascensor, un milagro. Una oportunidad que para nadie llegaría nunca.

aventura en la oficina

La posibilidad de tener aventuras con otras chicas cabía pero con ella no. Ella era una puerta cerrada. Un candado. Un cuerpo hermoso que se contoneaba segura de que por lo menos ninguno de nosotros tendría el privilegio de acostarse con ella.

Además que siempre se le veía seria, cortante. Hablaba con el jefe y a veces, cuando se encerraba en la oficina con él todos elucubrábamos diciendo que se la estaba tirando, tales bromas incrementaban el deseo que desde que llegó a esa oficina despertó en nosotros.

No se le conocía novio, pero básicamente porque nadie conocía su vida personal. Y eso nos gustaba. Verla sola, saber que no tenía pareja aun cuando no me atreviera a conquistarla estaba bien porque la idea utópica del sexo y de las posibles aventuras entre ella y yo, solo cabían en mi imaginación. Pero no importaba: ella estaba sola y eso estaba bien, saberlo me saciaba.

Fue a mitad de año que entró un nuevo compañero a trabajar a la oficina. Grotesco, maleducado, y fue por entonces que nuestra compañera de amores imposibles comenzó a venir más preparada. Se le veía mejor que ninguna otra. Muy atractiva. Olía bien.

Un día de pronto la vi regresando de la cafetería con el tío ese; el nuevo. Sostenían una conversación que a mi juicio parecía de lo más motivadora para ambos. Aquí hay algo, pensé. Pero este idiota y en tan poco tiempo como es posible que le haya sacado más de dos frases. Ver a la compañera aquella gesticulando y riéndose en la oficina con él era tan extraño que a nosotros se nos caía la cara de asombro cada vez que los veíamos juntos. Pero bueno se trataba de una relación de trabajo. Eso creíamos hasta el día que llegó la fiesta de empresa.

¡Hala!, ahí estaba ella: se presentó en el local alquilado con un vestido negro con puntos brillantes, muy corto. Era verano. Tenía la piel bronceada, casi dorada, el pelo suelto. Sus nalgas torneadas y erguidas estaban muy a la vista. Y hasta daba la sensación que no tuviera braguitas. Qué tetas madre mía. A la media noche con unas copas de más nada parecía imposible. Incluso compañeros que nunca le hablaban comenzaron a sacarle las palabras a ella pero con calzador. Cortante. Seria. Sonrisa seca. Hasta que llegó el nuevo.

Al final terminamos todos en una discoteca. Y aunque nunca lo creí, dijeron que esa noche el nuevo se la folló en el lavabo de mujeres. Los vieron salir juntos de ahí.

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